Historia de La Alberca
Los antecedentes históricos de La Alberca son muy remotos. En las laderas
de sus montañas se detectarán los primeros asentamientos
de pobladores de Murcia, al situarse en zonas que se mantenían
a salvo de las avenidas de los dos ríos que discurren por el valle,
además de ser lugares fácilmente defendibles y en los que
los nacimientos de agua potable eran numerosos. De estos primitivos pobladores
tenemos restos de una necrópolis argárica (2000 años
a.C.) cerca de San Antonio el Pobre. De época ibérica también
quedan restos que se reparten por toda la ladera montañosa que
discurre por las actuales pedanías de La Alberca, Santo Angel y
Algezares, concretamente, en el Santuario de la Luz, Santa Catalina del
Monte, Cabecico del Tesoro y en la Estación Sericícola.
De periodo tardorromano - s. VI - se consideran los restos de una villa y una necrópolis descubiertos en los Baños de la Mora, destacando un mausoleo familiar o martyrium, del que se conservan la cripta y cuatro sepulcros cubiertos por un mosaico. Muchos historiadores consideran que en esta zona pudo ubicarse la antigua ciudad de “Eio”, mandada destruir cuando se estableció en Murcia la capitalidad del territorio.
Durante la Edad Media parece que no se estableció ningún poblado importante sino que se construyeron algunas torres o casas fuertes y alquerías aisladas, como fueron las denominadas Torres del Sordo, de López Martínez de Zoriot y de Dña. Saurina, que, como señala Merino, al igual que otros lugares de la huerta de Murcia, dependían de la jurisdicción de la ciudad, incluso en lo eclesiástico. Con los repartimientos de tierras realizados tras la reconquista, la mayoría pasaron a ser propiedad de una sola familia que llegó a establecer vínculos de transmisión, pasándose así muy fácilmente del mayorazgo al señorío; concretamente la “Alberca de las Torres” era de Doña Violante en 1.272, viniendo a los Dávalos hacia 1.570 .
Será a finales del s. XVI cuando en torno a la Torre de los Dávalos
se construirán una serie de viviendas destinadas a sirvientes,
labradores y arrendadores, lo que dará origen al actual núcleo
de población. El nombre del principal núcleo de población
de la pedanía, “Alberca de las Torres”, deviene de
la presencia de gran número de torres y alquerías en la
zona, así como en la existencia junto al citado núcleo de
población de una gran “al-berca” (estanque o piscina
del campo). Los habitantes de estas tierras recibían el auxilio
espiritual de los franciscanos, que en el año 1.441 habían
erigido la ermita de Santa Catalina del Monte, alzándose en sus
aledaños el palacio de verano de los obispos de la diócesis.
A principios del s. XVII se construyó una pequeña ermita dedicada a Ntra. Sra. del Rosario, a la que se dotó de pila bautismal en 1.635, dependiendo de la parroquia de El Palmar. Poco después, en 1.629, el lugar pasa a convertirse en villa de señorío al comprarse la jurisdicción al rey Felipe IV, y será en 1.666 cuando se construya el primer templo al que, en 1686, se le anexiono el beneficio de una capellanía.
En el año 1713 La Alberca será incluida dentro del Partido de Murcia como una Villa de señorío con Alcalde ordinario, perteneciendo a la condesa de Ayala, de la que pasará en 1737 al Duque de Veragua, descendiente del descubridor de América.
El señorío lo poseerá la familia de los Berwich de donde
pasa a la casa de los Alba, que en 1890 venderá las propiedades
y derechos a su administrador en Murcia, Mariano Palarea. En esta época
se cifra en 171 casas las existentes en La Alberca, contando con una escuela
elemental incompleta con 44 niños, así como una escuela
particular de niñas a la que asistían 21 alumnas. Su población
era de 573 vecinos, lo que representaba unos 2.406 habitantes, dedicados
en su gran mayoría a los menesteres agrícolas.
En la actualidad La Alberca además de su producción agrícola, especialmente frutales de regadío, ha tenido un gran crecimiento en empresas dedicadas a la construcción, fábricas de materiales de aquel ramo y otras varias destinadas a servicios. Dada su privilegiada situación en la serranía, en sus zonas altas, se ubican pequeñas villas ocupadas por gran número de vecinos de la capital en fines de semana y para huir de las importantes temperaturas que se alcanzan en la gran urbe en la época estival.
















